Por qué compramos en las tiendas tradicionales mucho menos de lo que quisiéramos

Cada vez nos estamos concienciando más de que si compramos en las tiendas tradicionales, una gran parte de los beneficios vendrá de vuelta para nuestro barrio o para nuestro pueblo, mientras que las ganancias que los furgones blindados se llevan de los grandes supermercados y centros comerciales acabarán seguramente en algún paraíso fiscal.



La crisis está haciendo que nos demos cuenta de que no es oro todo lo que reduce y los grandes supermercados y sus técnicas de márketing finalmente no son tan baratos como nos parecían. La simpatía por las tiendas de barrio, plazas de abastos y pequeño comercio en general es creciente, pero hay muchas cosas que todavía se ros resisten. A modo de crítica constructiva, pasamos a enumerar algunas situaciones que hacen que no compremos allí todo lo que quisiéramos.


Si entras, tienes que comprar. Si tienes que ir a preguntar al mostrador ya estás perdido, pero si es autoservicio casi también. Está feo salir sin comprar nada. Si no hay lo que buscabas, te tienes que llevar algo parecido aunque no te termine de convencer. A veces cuesta mucho trabajo decir que no. Es una situación incómoda que muchas veces hace que ni siquiera entremos.

Confidencialidad. España es un país de cotillas y todos lo sabemos, pero a veces nos gustaría pasar un poco más inadvertidos. "Llévate estas bragas de punto de encaje, que tu vecina Paquita las usa y está muy contenta". En las grandes superficies entras, compras, pagas, y te vas. Sólo te controlan con las cámaras de vigilancia, las tarjetas de crédito, las tarjetas de fidelización, los detectores de matrículas, la minería de datos, las etiquetas RFID y los Wifis gratuitos, pero luego no van a contárselo a tus vecinos.

No eres cliente de la tienda. Aunque pasas por la puerta todos los días, nunca has comprado ahí. Desde siempre vas al carnicero de la otra esquina, y ahora te da corte entrar sólamente a comprar ese paté que te han dicho que es tan bueno. Entrar en ciertos comercios es una experiencia casi tan personal como visitar la casa del tendero. Piensas en que te van a cobrar más caro, o que te verá tu tendero habitual y se molestará. Si te saltas las costumbres todo son complicaciones.

Todos venden de todo. Ya que no queremos ir al supermercado donde encontramos de todo, lo ideal sería hacer la compra tienda por tienda y terminar con el carrito lleno. Panadería, frutería, carnicería, pescadería y para casa. Pero la crisis ha hecho que todas las tiendas se hayan convertido en un pequeño ultramarinos, sin las ventajas del género en el que están especializadas, pero haciéndote compromisos para que lo compres allí todo. Has comprado un sobre de chorizo loncheado en la panadería para hacer el bocadillo, y ahora no quieres que te lo vea el charcutero. Lo mismo pasa con los pepinos ecológicos de la mercería que te impiden entrar ahora con la bolsa a la frutería, donde te intentarán convencer de que compres bricks de zumos aunque no son de la marca que te gusta del ultramarinos. Y si compras allí las croquetas congeladas, no te sentirás luego cómodo en el asador de pollos porque también las tienen, pero valen el doble. Estos compromisos convierten el recorrido de la compra en un laberinto de esconder bolsas dentro de bolsas para que no se vean, o de pedirle a alguien que te acompañe para quedarse con el carrito esperando en la puerta. Líos y molestias.

Conservación. Algunos supermercados tienen un control exageradamente extricto de la climatización para mantener una temperatura constante en toda la sala. Ni que decir tiene que los pequeños establecimientos no pueden hacer esto. Muchas veces se nos resiten productos que vemos día tras día junto al escaparate dándoles el sol con el envase descolorido. Lo mismo con los congelados donde nunca acertamos con la temperatura de los helados y unas veces son un bloque de piedra y otras veces se nota que se han derretido. 

Logística. Si te has acostumbrado a tomarte cada día un Actimel de peras del Madagascar mientras ves el rosco del Pasapalabra, el hecho de llegar a la tienda y que no lo tengan, se convierte en una gran tragedia. Es muy habitual que en las tiendas se agoten los artículos porque no tienen medios para tener muchas existencias de todo. Te dirán cosas como que el camión hoy no ha venido porque se le ha fundido un faro, que su hijo va a ir luego a buscarlo al almacén cuando lleve al niño al colegio, o que sí que lo tienen pero está en el fondo de una caja y todavía no le ha dado tiempo a abrirla.

Molestias. Las grandes superficies tienen locales con instalaciones adaptadas para realizar su actividad, y en muchos casos exigen facilidades a los ayuntamientos como zonas de carga y descarga, vados, etc. Por el contrario en el pequeño comercio es muy habitual ver como ocupan las aceras con cajas y mercancías, hacen ruido con las persianas y los toldos o compiten con los vecinos reservandose aparcamientos para cuando vengan los camiones de reparto. Algunas personas se toman esto como un grave problema de convivencia y por supuesto no entrarán allí a comprar.


Caducidad. Encontrar un producto caducado en un gran supermercado sería poco menos que para ir al juzgado de guardia, pero en los supermercados pequeños y en las tiendas es muy posible que ocurra. No tienen medios personales para llevar un control tan preciso del inventario y puede pasar que algún producto se quede al fondo del estante por tiempo indefinido. Hay que andar con siete ojos mirando las fechas antes de pasar por caja porque sienta muy mal llegar a casa y encontrar que has comprado algo caducado o muy próximo a caducar.

Descontrol con los precios. Es muy habitual en el pequeño comercio que los artículos no lleven el precio, ni que tampoco esté marcado en las estanterías. Es muy molesto estar preguntando ¿Esto cuanto vale? ¿Esto cuanto vale? ¿Esto cuanto vale?. Y recordemos que si preguntas te lo tienes que llevar, está feo decir que no. Tampoco nos podemos arriesgar a cogerlo "a ciegas" porque igual vale tres euros, o catorce. El caos de precios puede ser tan diverso que puedes encontrar auténticas gangas, pero lo más seguro es que si no lleva al precio te den un buen sablazo. Ya se están extendiendo los ordenadores y los TPV pero las cuentas pueden ser igual de confusas que cuando iban escritas a lápiz en un trozo de papel. Lo malo es que en muchos tickets todo aparece marcado como "Artículos Varios". Cuando llegas a casa no sabes lo que vale cada cosa y el descontento está servido. Siempre te parece que te han cobrado de más. Llevar perfectamente al día el inventario de artículos y precios requiere mucho tiempo por parte de los comerciantes, un trabajo metódico y unos conocimientos buenos de los sistemas de información que están usando.

Comodidad. Los alquileres son caros, los locales son pequeños y están abarrotados, seguramente con artículos que se pasarán allí meses o años. Ya ni pensar en los amplios pasillos y los mostradores bajos de los supermercados. En las tiendas de barrio a veces es difícil llegar al estante donde está eso que quieres comprar, pero no lo quieres pedir porque no estás seguro de querer llevártelo una vez que lo hayas visto bien. Es frecuente salir sin haber comprado algo porque no lo has encontrado, no lo has alcanzado, o porque tenía muchas cosas delante y no te atrevías a moverlo todo fueras a romper algo.

Los pequeños comercios que se han modernizado, en muchos casos tras un cambio generacional, normalmente van solucionando estos inconvenientes con éxito y haciendo que los consumidores los veamos como una alternativa a los grandes centros de distribución, y como la mejor opción en muchos casos. Sólo hay que comparar precios en su conjunto y perder el miedo a entrar.

Foto de Alimentación San Miguel: Creative Commons por Tamorlan en Wikimedia Commons

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Muy interesante, muy bien identificados los problemas, de forma muy realista. Por poner un pero, hay alguna falta de ortografía (¿trajedia?)...
JM ha dicho que…
Pequeño despiste. Arreglado. Gracias